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Se levantó pronto.
No era la luz lo que la había despertado. Miró por la ventana y vio que una densa niebla lo cubría todo, impidiendo, de este modo, que pasase a través de ella luz alguna.
Bostezó con disimulo y se estiró.
Cuando se hubo vestido y hubo desayunado se contempló en el espejo.
La réplica perfecta que tenía delante le devolvió una mirada seria.
Desvió los ojos del espejo y se colocó la melena con un movimiento inconsciente.
Entonces, con una prisa repentina, abrió todas las ventanas de la casa y también las puertas.
Salió a la calle dejando la puerta de la entrada también abierta.
Iba descalza y sólo llevaba puesto un fino camisón de seda de color marfil que se había puesto hacía unos minutos.
Caminó sintiendo el frío quemando sus pies y mordiendo cada centímetro de su cuerpo. Debían de hacer dos grados de temperatura.
Llegó hasta el parque y se sentó en medio de la hierba helada.
Mientras notaba el cuerpo dolorido por el frío y las manos y labios amoratados sonrió casi imperceptiblemente.
Nunca nadie había visto a una Reina del Hielo tan bella. Era un ser tan aterradoramente hermoso como nunca lo había habido.
Sus labios azules, los ojos negros.
Andy*
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